El futuro de la arquitectura en el documental Homo Sapiens

El ser humano no es eterno, pero su huella puede ser irreparable.


En el principio era la acción.  A esa conclusión llega Fausto de la mano de Goethe, inclinado sobre el Nuevo Testamento que se dispone a traducir a su lengua materna,tras tantear la posibilidad de la palabra, el sentido y la fuerza.

Discutiendo de tú a tú el dictamen de Dios, el recogido en el texto original y que ve en esa primera palabra el Génesis, el legendario sabio alemán ve en el verbo el eslabón que conecta la nada precedente a su explosión posterior, entendida desde la genealogía que se prefiera. Esta acción, que puede simplificarse en estar, es la que ata al ser humano con el universo, el cuerpo con el entorno, y, por tanto, la creadora de lo que entendemos como espacio, que requiere de la presencia para activarse. Por derivación, entonces, si en el principio estuvimos, no es descabellado imaginar un desenlace entendido como el momento en el que el verbo desaparezca y se detenga la acción. Algo que el último testigo, el Fausto que recopile los últimos instantes de la vida, recogiese: en el final dejamos de estar.

Para ilustrar esto que suena tan poético y tan extraño, voy a servirme de las imágenes recogidas en el documental Homo Sapiens —Nikolaus Geyhalter, 2016—, un tanteo a un hipotético futuro en el que el titular ha desaparecido, y con él tanto el verbo como la palabra. En general, las estampas recogidas durante la hora y media de película presentan el final de la arquitectura, unos espacios muertos por, y aquí ya depende de las interpretaciones, distintos motivos: quizá jamás se recuperasen de su tercera edad, quizá sufrieran una muerte súbita, quizá cayeron en el olvido progresivo o simplemente perecieron de extenuación. Los lugares expuestos varían en tipología y ambiente, desde unas abandonadas calles de Japón sobre las que cae una recia lluvia hasta plantas de tratamiento de agua en absoluta sequía, pasando por supermercados congelados en el tiempo, hospitales olvidados, iglesias sin cristo, desiertos impenetrables o bases en montañas cubiertas de nieve. Todos ellos dando forma a la imagen de ese devenir desolador, el agregado producto ulterior de la velocidad financiera del capitalismo, la Ruina que contiene a todas las ruinas.

Documental homo sapiens

Documental Homo Sapiens

Documental homo sapiens

El documental abre con un primer plano de lo que queda de los mosaicos que decoran el  monumento Buzludja, todo un despliegue de la iconografía en torno a los ideales y líderes comunistas propios del período socialista en el que se construyó el edificio. De fondo sólo se oye el silencio, ese que está hecho de puro ruido, de todos los sonidos que normalmente se ignoran. Poco a poco, el objetivo se va abriendo: colores, formas, rostros cubiertos bajo un agua que parece fuera de lugar; finalmente, la cámara acoge la plenitud del espacio: una sala circular abovedada, un lugar de ceremonias bañada por la luz cenital de la hoz y del martillo, el epicentro de la palabra de la época. En este futuro sospechado, el graderío que en su día se imaginase repleto de actividad aparece cubierto de basura y escombros, la cubierta carcomida por la deserción y la estructura vista, como el tórax inerte de un cadáver mitológico. A partir de aquí, y antes de que la película vuelva a este lugar para dedicarle sus últimos minutos, comienza el viaje al futuro de la humanidad.

El viaje propuesto invita a diversas reflexiones

Por un lado, abre lugar a la discusión sobre la ruina, a enfrentar la no intervención de Ruskin con el testimonio mutilado de Brandi, a analizar lo que parece ser una entropía inevitable en la lucha del ser humano contra la naturaleza, ese frente batalla invisible pero incesante que mantiene a raya el avance de todas las fuerzas externas al espacio construido y que, a poco que se baje la guardia, cede todo el terreno ganado durante siglos de ocupación.

Documental homo sapiens

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Por otro, más interesante desde mi punto de vista, la película ofrece toda la potencia del espacio después de sus cuerpos, permitiendo la consideración del presente desde el futuro, en vez de la acostumbrada vuelta al pasado con el mismo fin. En esta línea, es interesante antes que nada especular sobre el motivo por el cual un porvenir tan terrible como este pudiera hacerse realidad. Uno de los motivos posibles es esa antes mencionada desaparición de la acción, ya fuese por una progresiva extinción —esos paisajes de ruina lenta, de desplome y polvo acumulado— o por un repentino desvanecimiento —las bicis acumuladas como esperando la vuelta imposible de los trabajadores, las tiendas repletas de productos perdidos para siempre—. Otra causa, mucho más plausible, es la hipótesis de que, en realidad, los cuerpos no han desaparecido, sino que se están moviendo tan rápido que el ojo humano ya no es capaz de verlos.

Esto último implicaría la identificación de la ruina de más arriba como el espacio propio del post-capitalismo, ese momento en que el Mercado y sus ritmos, que todo lo reclaman, ha vencido en la última de sus contiendas, la que mantiene a raya —y a salvo— el cuerpo de su maquinaria insaciable. El punto final a esa aceleración imparable, que va dejando tras de sí los despojos del consumo inamovible, resultaría del frenazo previo al choque contra el muro que marca los límites biológicos y ecológicos del planeta. Si este fuera el caso, la posteridad propuesta en Homo Sapiens sería ese milisegundo previo a apretar el freno, justo antes de ver el muro y entender, en un fogonazo, que el impacto es inevitable. Y en ese movimiento incesante e hiperveloz, los cuerpos estarían viviendo, sin saberlo, entre sus propios espacios obsoletos: como en el filme, todas las iglesias habrían perdido sus iconos, todos los bancos se habrían vaciado, todos los hospitales serían redundantes, todos los desiertos habrían avanzado, todos los parques acuáticos se habrían secado.

Documental homo sapiens

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El espacio, en definitiva, incapaz de seguir el ritmo de sus cuerpos, colapsaría. Sería interesante contraponer ideas como la Poética del espacio de Bachelard a una travesía como esta, tan dependiente de la memoria que sugiere. Todos los rincones y objetos que desfilan por los fotogramas cuentan infinitos relatos, historias de muchos ayeres que ya no pueden revivirse porque los cuerpos han perdido la capacidad de pararse y mirar, y con ello activarlos, porque el verbo original, la simple acción de estar, ha sido vencido por la de ir.

Un ir constante, un camino sin principio ni final que solo entiende del siguiente paso, el nuevo producto, el próximo edificio. Una acumulación de experiencias crematística sin control. Contra esa posibilidad advierte Homo Sapiens: el ser humano no es eterno, pero su huella puede ser irreparable, dejando atrás un futuro de cuevas de hormigón despellejado, vehículos muertos y primitivos —como primitivo es cualquier objeto desde que es alumbrado bajo la velocidad del sistema financiero— que descansan entre la exuberancia verde del bosque primigenio y geometrías perfectas semienterradas en las arenas. Por todas esas etapas transcurre este viaje sobre el que hoy quería reflexionar, hasta que, como ya adelanté, vuelve a su punto de partida, el monumento Buzludja. El acercamiento, esta segunda vez, se hace desde fuera: se llega desde las nevadas colinas que lo rodean en el que se siente como el último invierno de los hombres, se penetra a través de sus galerías perimetrales, se ojea por última vez a los líderes de los mosaicos; hay un aire de despedida.

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Y llega el momento de la última imagen, una toma exterior del edificio, que desde la lejanía se asemeja a un platillo volante listo para zarpar. Quizá en ella vayan los pocos privilegiados que sobrevivieron al impacto, en busca de nuevas fronteras a las que expandir su verbo. La nave, serena, se diluye lentamente tras una niebla creciente, el humo del tiempo y los olvidos, y quiero creer que luego, milésimas de segundo antes del fundido a negro, vuela, dejando atrás un mundo que ya no reconoce. Ese mundo en el que ya solo queda aquel Fausto del principio, más viejo que las piedras, pero aún lúcido y que, entre estudio y estudio, previendo los estragos del último verbo, se planta, y dice:

—¡Hasta aquí podíamos llegar!

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